Agua

Apreté la barandilla del autobús. Su maravillosa mano estaba rozando la mía, me costaba respirar, tenía la mirada fija en sus zapatos hasta que el autobús dió un tumbo, chocamos, levanté la vista y encontré sus ojos.

Qué mujer tan hermosa. No pude evitar enamorarme de ella, y el ahora tenerla tan cerca solo me hacía desear besarla.

De pronto una extraña valentía se apoderó de mí y no aparté la mirada. Para mi sorpresa ella tampoco lo hizo. Así permanecimos un tiempo, peligrosamente cerca, mezclándose nuestras respiraciones hasta que ella se acercó a mi oído y susurró:

—Siempre te miro cuando tú no me miras…

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