Spring Day

Creo que llevaba más de siete meses girando cartas.

Algunas duraron en mis manos lo suficiente para compartir algunas confidencias, pero al final todo terminaba disolviéndose en la falta de interés y mi necesidad de más de lo que yo recibía.

Pero una carta de sonrisa roja y pantalones blancos hizo que me picara la curiosidad.

Nuestras palabras fluyeron como un río en primavera. Algo comenzó a moverse.

Te miraba y creo que en el fondo lo sabía, porque pasaba el tiempo y seguíamos queriendo volver a vernos.

Entonces apartastes una de las gruesas cortinas a tu alma y vi un amor. Era desconocido para mí pero era tan honesto y tan lleno de pasión que al final esa calidez terminó por formar parte de mi.

Nuestra amistad se me antojó una vela de aquellas que por mucho que las trataran de apagar se mantienían ardientes.

Los meses se deslizaron sin percatarme de ello.

Me transformaba y tú pudiste verlo orgullosa. Sin embargo, para ti no era así y terminaste confesando que te marchitabas, tenías que volver a casa.

En aquel momento me di cuenta que ya no imaginaba un futuro sin reír contigo.

Observé el interior de mi pecho y un lustroso navío atravesaba el mar de mi corazón. Su capitana me miraba con una sonrisa roja y unos pantalones blancos.

Quise hacerte cambiar de opinión, deseaba seguir sosteniendo tu mano. Pero me di cuenta de que tu bienestar se volvió parte de mi bienestar.

El tiempo se agotaba y yo escuchaba el eco del final de relaciones pasadas.

Entonces, en aquella noche llena de incertidumbre, me miraste y dijiste que no eras aquél pasado que me atormentaba, que este presente nos brindaba unas posibilidades que antes no habían. Pero que lo más importante era si estaría dispuesta a seguir caminando a su lado aunque no fuese por el mismo camino.

Sí, joder.

Tu ya lo tenías claro, no dudaste de que nos volveríamos a ver, de que seguiríamos teniendo conversaciones infinitas.

Te abracé convencida de que nuestros cuerpos estaban hechos para encajar el uno con el otro.

No lloré, tu franqueza serenó mi alma.

He de confesar de que en un principio no sentí que te hubieras ido, todo seguía en su sitio.

Pero sí que cambió.

Una tímida honestidad fue envolviendo nuestras palabras. El pasar del tiempo hizo que el extrañar la cercanía nos instara a confesar un cariño que aleteaba como un pájaro.

Entonces hablé de un dolor que, sin saberlo, tu también sentías.

Aquello consiguió que apartaras otras cortinas llenas de polvo. Eran dolor, soledad e incomprensión.

No sentí pena sino orgullo, tu fortaleza me parecía hermosa. Yo solo podía ver a una guerra.

En aquél momento lo noté. No había sido el destino, sino nosotras quienes habíamos forjado un bello hilo de araña del color del Sol.

El mar no era nada, escuchar tu voz volvía todas mis dudas un vago recuerdo.

Nos habíamos convertido la una para la otra en un pilar que hacía todo mucho más ligero.

Tu sabiduría de cuatro vidas me han ayudado de una manera que jamás voy a olvidar.

Entonces, en nuestra conversación más larga, acabamos llorando de amor.

Me dijiste lo que siempre había deseado escuchar de otros, y yo sollozé mi deseo de escuchar tu historia, besar cada una de tus heridas. Te merecías todo lo bueno de este mundo.

Ahora estoy aquí, escribiendo esto. Llena de dicha y lágrimas porque en dos pequeñas criaturas, separadas por el océano, han conseguido crear un poco de magia.

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