Carta de odio

Lo pienso y me horrorizo en silencio. Suplico a la nada que me quite esta carga, este sin vivir.

No hay conclusión bonita, siempre será así; así de injusto, así de cruel.

Me obligo a no pensarlo, lo estoy haciendo bien. No necesito ya la medicación ni la terapia. Pero entonces el camino vuelve a inclinarse y la roca me trata de aplastar.

Ojalá poder destruirte. Haces que todo parezca una pelea, hasta lo más simple. Incluso escribo sobre ti. Te odio.

Redacto como una autómata, si es que eso tiene algún sentido.

A veces lloro, a veces me encojo en mi cama, rogando porque pares. Pero tu no me miras, creo que no me puedes ver, ni tampoco pensar. Pero siempre haces.

Si me lo permitieras, te mostraría todo de lo que soy capaz. En vez de eso, me pones grilletes en manos y pies, haciéndome caminar despacio. A veces parece que no me muevo.

La puedo ver, esa miel brillante. Me moja los labios pero no me dejas beberla de una vez.

Trato de recolectar esas gotas cuando te alejas, pero es tan poco, tan dolorosamente poco…

¿De verdad me tengo que acostumbrar a tu presencia? ¿O aceptarla? No te quise en mi casa, pero te convertiste en parte de ella.

Se que ya no eres la misma que se coló por mi ventana, pero eso no es gracias a ti, sino a mi.

¿Y si te haces más pequeña? ¿Te parece? Podrías ir en mi mano, como un anillo oscuro. Seguirías conmigo pero yo podría beber de la miel. Me parece lo más justo.

Podríamos ir despacio, como a ti te gusta. Darte más tiempo para coger forma.

Se que no puedes pensar, así que lo haré yo por ti, cielo (imbécil).

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