Una cadena

—Estoy harta de monólogos azucarados de desconocidos mientras tu te quedas callada —escupió cuando la sintió llegar.

—Lamento que ellos no te consuelen —replicó arrodillándose a su lado, apoyando la mano en su brazo.

Ella se retorció al instante, apartando su mano de un golpe.

—Te odio, no me toques —siseó tratando de ocultarse de la cegadora luz que emanaba la otra.

—¿Por qué? —dijo ella en tono suave.

—Porque nunca vienes cuando más te necesito —sollozó la sombra.

—A lo mejor es que este es el momento idóneo.

—Que yo recuerde he estado sufriendo largo y tendido y tu no has hecho acto de presencia hasta ahora, cuando me estoy muriendo… —espetó la sombra.

—Yo no veo que sangres por ningún lado.

La sombra abrió los ojos y la miró finalmente, estaba igual como la recordaba, siempre con el rostro amable, brillante. 

—No tiene que estar pasándome nada para que me esté muriendo.

—Solo estás sufriendo, cielo, no muriendo —dijo la brillante con ligereza.

La sombra se incorporó, agarrando los brazos de ella con ira.

—No lo digas como si mi dolor no fuese nada —replicó con voz grave.

—Al contrario, me importa mucho tu dolor —dijo con firmeza.

El agarre de la sombra se debilitó.

—Pero lo que quiero es que llames a las cosas por su nombre; si estás cansada di que estás cansada, si estás enfadada di que lo estás y si estás sufriendo dilo —completó la brillante.

La sombra se quedó un largo rato en silencio, mirándola sin apenas parpadear, como si estuviera decidiendo qué hacer. La brillante alzó la mano hasta su rostro, cerca de su mejilla, y esperó. La sombra liberó un largo suspiro entre los labios, dejando caer la cabeza en la mano de la otra, cerrando los ojos.

La brillante arropó su cuerpo con ternura, acariciando su cabello despacio.

—Existir requiere demasiado esfuerzo, no quiero esforzarme más —soltó en un murmuro la sombra.

—Entiendo… —dijo la brillante sin parar de peinarle el pelo.

Había ya terminado de dejarle el cabello de nuevo suave cuando la brillante volvió a hablar.

—Pero, ¿sabes? No siempre todo es difícil, a veces lo que hoy nos cuesta con práctica termina saliendo solo —dijo con una leve sonrisa.

—¿Vivir requiere práctica? —ironizó la otra encogiéndose en el pecho de ella.

—Por su puesto, ¿cómo crees que aprendiste a andar?

—Pero lo que yo quiero es dejar de sufrir.

—No, lo que quieres es no sufrir tanto y eso sí que requiere de mucha práctica —reconoció la brillante.

—No sé si yo conseguiría algo como eso, todo me resulta demasiado difícil —replicó la oscura mientras lágrimas negras caían por sus mejillas.

—¿Y eso lo hace imposible?

—Puede ser —reflexionó la sombra.

—Pues entonces habrá que intentarlo para ver si es posible o no.

La sombra se incorporó y la miró frustrada.

—Pero, ¿y si no merece la pena hacer el esfuerzo?

—¿Y si al final sí merece la pena? —replicó la brillante.

—Pero es que cuanto más tiempo esté en este mundo mayores son las probabilidades de que me pasen cosas horribles —sollozó la sombra.

—Pero eso también se puede aplicar a la inversa mi amor —dijo la brillante secando con los pulgares las lágrimas de su compañera.

—Deja de hacer como si las cosas me fueran a salir bien —dijo la sombra con resentimiento.

—Pues entonces deja tu de decir que te van a salir mal porque si —espetó la brillante.

—Es que las cosas no me tienen por qué salirme bien por mucho que me esfuerce.

—Lo sé, pero estás negando el hecho de que no todo puede ser malo. Es que ni siquiera lo poco que llevas vivido ha sido enteramente malo —replicó tajante la brillante.

La sombra la miraba con los ojos redondos, respirando con dificultad.

—Pero, ¿y si lo poco malo que me ocurra es tan terrible que haga que lo bueno nunca sea suficiente para tapar ese dolor? —dijo con la voz rota.

La brillante la observó en silencio, con las comisuras de los labios deslizándose de manera casi imperceptible hacia abajo.

—¿Es ese el problema? —susurró—. ¿Que le tienes miedo al dolor?

Nuevos senderos de tinta recorrieron las mejillas de la sombra con rapidez.

—Lo que no quiero es tener una cadena con cada vez más eslabones aferrándose a mí cuello.

La brillante frunció el ceño.

—Pero ¿no es el hecho de que estemos vivas lo que nos da la posibilidad de ser felices a pesar de la tragedia?

La sombra se quedó inmóvil mientras su amiga tomaba sus manos con delicadeza.

—Es mucho riesgo —dijo la sombra en un hilo de voz.

La brillante sonrió con todos los dientes, los ojos llenos de lágrimas blancas.

—¡Sí! Y a mí también me asusta el no saber que nos deparará la siguiente esquina  —exclamó con sinceridad.

Plantó dos besos en cada mano de su amiga antes de volver a mirarla.

—Pero prefiero antes eso que el cerrar todas las posibilidades de ser feliz.

La tensión en los hombros de la sombra se aflojó de golpe. Dejó caer los párpados y respiró hondo, como si fuera la primera vez. Después abrió los ojos y volvió a sonreír.

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