En el coche de papá nos iremos a pasear

Cuando papá me abrochó el cinturón del coche me dió un beso muy cerca de los labios. Normal, mamá estaba unos pasos detrás de él y tenía que disimular… Decía que querernos tanto le molestaría, ¡que tonta, pero si yo también la quiero a ella!

En fin, cuando papá cerró la puerta del coche y se puso a mi lado despedí a mamá con la mano. Al arrancar el coche la dejamos atrás, y papá y yo nos miramos cómo los que salían en las películas de amor los domingos.

Siempre salíamos a pasear los lunes y los viernes, pero en realidad, pasear, significaba que íbamos a jugar (así lo llama papá a lo que hacíamos), era como una palabra en clave y eso me divertía más que todos mis dibujos animados favoritos juntos.

Aunque me daba pena mamá, nosotros nos íbamos a jugar y ella se quedaba aburrida en casa. Más de una vez quise decirle que se viniera, pero era tan divertido jugar a escondidas, disimulando, que nunca lo hacía.

Cuando íbamos por la mitad del camino hacia el descampado, papá empezó a tararear. Era nuestra canción, la cantábamos siempre a la ida, sonrió poniendo su mano en mi pierna.

Yo quería que sonriera, que lo hiciera con todos los dientes, al igual cuando me montaba encima suya, como si él fuera un caballo, y suplicaba que no parara de moverse.

Por eso empecé a cantar, quería ver siempre así a papá, tan guapo. El resto del camino lo hicimos cantado en el coche de papá nos iremos a pasear.

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